Viajar contigo

Quiero viajar contigo y cuento los días que aún nos quedan con la ilusión de quien estrena nuevo estado y compañía. No quería creerte, pero ahora me descubro echándote el pelo hacia atrás, despejándote los ojos para mirarlos directamente y sonreírles. A ellos, con ellos, a lo que hay dentro. No puedo parar de abrazarte y darte besos, como si fueras un tesoro bienhallado, como si fueras un regalo en Navidad del que nadie te avisó ni lo esperabas. Me dices en voz queda que no nos pasarán todas las cosas que yo llamo mis recuerdos. Te pregunto si te suena extraño todo eso y me contestas que he tenido mala suerte, y que hay cosas que suceden porque otras tienen que venir. Me devuelves a la realidad de una pareja al avisarme de lo malo que vendrá, pero me dices que no me preocupe por ello antes de tiempo, y sobre todo que lo sabremos arreglar. Y puedo dormir en calma. Conmigo misma, con el mundo, contigo, con lo nuestro. Puedo hablar en plural y desear mantenerlo en el tiempo, y apostar arriesgando después de haber perdido una y otra vez, sólo por ti. Por lo que tú eres. Porque yo, desconfiada por naturaleza y modelado, confío en ti con los ojos cerrados. Sin conocerte te percibo entre mis sombras. Y conducimos por senderos compartidos a veces rápido, a veces lento, pero siempre juntos. Te empeñas en hacer que me sienta como algo inconcebible, como algo incalculable. Te empeñas en que no eche más cuentas de las debidas. Y yo te intento convencer de que eso será algo que yo deba trabajar hasta alcanzarlo, que no puedes ni debes ayudarme. Sólo te pido que estés, como tú lo haces. De esa forma tan tuya que otras no supieron valorar, y en la que a mí me parece haber descubierto aquello en lo que dejé de creer. Me despiertas de un sueño profundo con besos y el olor del champú de tu pelo, me das los buenos días con tu voz suave y tu sonrisa. No nos engañemos: ni tú eres un príncipe encantado ni yo la princesa adormecida. Pero somos algo el uno para el otro que nadie fue en nuestras historias respectivas, y eso me hace pensar que es posible que la diferencia exista y que sea a mejor. Que los dichos populares lleven su parte de razón. Que tú vieras en mí, con tu mirada arriesgada e impaciente, aquello por lo que luchar, entre otras cosas. Que yo deje de quejarme de que no encontré a quien quisiera apostar y luchar por lo que era y sentía. Sería una paradoja que tú, con quien me crucé siendo una niña, me acompañaras un tiempo dulce en mi vida de adulta. Pero las paradojas existen, aunque no se mantengan. También podría ser que consiguiéramos mantenerlo. Todo es posible contigo. Todo es posible conmigo. Y abrimos las puertas a lo que esté por llegar.

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