Piscina salada

Estamos tumbados al sol. Dentro de poco nos llamarán los pegatinas. Pero se está tan bien así, a tu lado. Me despiertas los instintos más salvajes. Dios mío, tu bañador es horroroso. Cuánto te quieres. Pero quedamos bien en el espejo. Tú abrazado a mí por la espalda, yo riéndome porque siempre estás igual. No se te ocurra bajar así y sepárate de mí, que tus amigos ya se van corriendo de tu casa ante tu aviso de que estamos cansados y yo tengo que aguantar el cachondeo. Los primeros meses. Te pregunto si estaremos así dentro de un año y me dices convencido que mejor. Y yo me río. No puedo parar de reirme contigo. Tengo la teoría de que las avispas van a ti porque por dentro eres tan dulce como la miel. Cariñoso y nervioso.

Nos reímos leyendo preguntas y respuestas de adolescentes. A veces parecemos dos niños. Pero estás leyendo y nos reímos. Cada día pienso que hacemos una buena combi. Es todo muy distinto a otras historias. Yo te enseño cosas: el signficado de ciertas palabras, cómo colocarse un pañuelo, o que hay una secta que practica el sexo como modo de comunión con la divinidad, quién es Charles Manson, cómo saber si alguien te está mintiendo sólo con mirarle. Tú me enseñas cuentas, a pensar que mi cuerpo es adorable, a saber expresarme, a confiar. Me enseñas a creer que todo puede ser posible, me enseñas cómo es querer a alguien de verdad y sin dolor.

Cuando vengo a casa siempre me vuelvo con la sensación de estar viviendo una bonita historia. Sigámonos llamando cariño y amor, y todo irá bien. Sigámonos tratando así, como en una constante luna de miel pero con grandes dosis de realidad compartida. Sigamos aprendiendo de la vida, contándonos cotilleos y anécdotas, hablando seriamente y en susurros.

Eres un gran compañero. Tan alto y cercano a un mismo tiempo. Tan tú.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Vacío fértil

Siete esquinas,7

la varita