Teresa y Tomás no eran más que una ilusión. Cuentos de ficción que se encontraban en palabras. Lo decían todo, sí, pero no decían nada. Les faltaba lo real. Esa parte de la vida que se impone, quieras o no, cuando pones un pie detrás de otro y pasan los días. Se encontraban en un café a finales de marzo. Todos los años, la misma hora, la misma fecha. Y allí se hablaban de lo que querían ser. No cada uno para sí mismos, sino para el otro. "Yo puedo ofrecer" "Yo sé ser" "yo puedo tapar" "yo sé enyesar"... Y así pasaba la vida, entre deseos que nunca se concretaban. En la realidad, Teresa y Tomás no sabían nada. Ni de ellos, ni de su vínculo. Esa ilusión infantil entre ambos de encontrarse en un abrazo o unas manos les hacia olvidar lo importante: la verdadera presencia. La presencia no son prisas, no es premura ni exigencia. No son altares con dioses. No es fortaleza. Tampoco independencia. La presencia es libre pero no habla de libertad sino...