Teresa y Tomás

Teresa y Tomás no eran más que una ilusión. Cuentos de ficción que se encontraban en palabras. Lo decían todo, sí, pero no decían nada. Les faltaba lo real. Esa parte de la vida que se impone, quieras o no, cuando pones un pie detrás de otro y pasan los días. 

Se encontraban en un café a finales de marzo. Todos los años, la misma hora, la misma fecha. Y allí se hablaban de lo que querían ser. No cada uno para sí mismos, sino para el otro. 

"Yo puedo ofrecer" 

"Yo sé ser" 

"yo puedo tapar" 

"yo sé enyesar"...

Y así pasaba la vida, entre deseos que nunca se concretaban.

En la realidad, Teresa y Tomás no sabían nada. Ni de ellos, ni de su vínculo. Esa ilusión infantil entre ambos de encontrarse en un abrazo o unas manos les hacia olvidar lo importante: la verdadera presencia. 

La presencia no son prisas, no es premura ni exigencia. No son altares con dioses. No es fortaleza. Tampoco independencia. La presencia es libre pero no habla de libertad sino de compromiso. La vida no era ir a buscarse. Era encontrarse. ¿Desde dónde?¿Cómo? Aceptando, observando, expresando, dando espacio, escuchando, estando, caminando. Desde esos lugares que buscaban,equivocados, uno en el otro. Desde la construcción con esfuerzo de un lugar común. Que a veces es milagro, otras un trabajo. 

Teresa y Tomás eran dos niños desesperados por ser amados. Porque su existencia sirviera para algo. Solitarios por deber, heridos hasta decir basta. El deseo que los unía les hacia olvidar por un momento esa parte tan jodida de la vida: aquella en la que las cosas no habían salido ni saldrían según sus expectativas. 

Uno de esos años, ese día de marzo, Teresa no encontró la fuerza para mantener esa utopía. Se cansó de esperar lo real. 

Tomás pensó que estaría mejor solo, refugiado de su herida, creándola un altar que permanecería, para siempre, como algo bonito que poder observar si afuera arreciaba la tormenta. 

Y aquellas dos sillas en las que sus piernas siempre se rozaban, aquel día quedaron vacías. 


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