Cuando te miro me siento una farsante. Siento que finjo desde hace años un papel que no me corresponde: el de sonreír alrededor, beber cervezas e intentar escucharte a ti a través de tus acordes. Nunca he sabido...ni lo sabré. No sé cómo acercarme, ni qué decirte, ni si debería decirte o callar como hasta ahora. Lo único que sé es que llego a casa cansada, pensando en ti. Y que desde entonces no ha habido un solo día que no te haya echado de menos hasta doler muy dentro. Siento que si vas quitando capas (capas que sólo tú podrías quitar) me verás queriéndote aún como el primer día. Y que llevo mi carga en silencio, mostrándome aquí y allá como si no hubieras existido, guardando celosa quizá los recuerdos de ti. Tu sonrisa aún es la mía, y mi felicidad estará donde tú estés. Podré conformarme y seguir si te veo alguna que otra vez, si me encuentro contigo en un gesto. Pero en realidad no hay más que hacer que intentar sobrevivir un día más, adaptarme a tu ausencia otra vez, como si estu...
Con las manos atadas, esperando órdenes del ser superior me hallaba. Callada, por minutos mi libertad se iba esfumando en cada tic tac y yo fumaba para calmar la ansiedad que genera no ser nada. ¿Qué tanto riesgo?, te preguntarás. Fallar, incomodar, ser cuestionada en mi pensamiento, mi emoción, incluso mi ser por entero. ¿Eres buena persona?¿Lo fuiste alguna vez? Bajo tu imperio, romano, sólo se podía abdicar. Rey supremo de esos años, la toalla como toga. Juez del bien y del mal. Tenías que abrir tú las aguas, partías en dos, y sólo quien te seguía, caminaba. Qué camino es este de perderse en las huellas que tú dejas? Qué voluntad? Qué voz? Qué validación? Qué niña revivida en sus heridas si decidías abrazar. Qué dolor cuando te ibas tras la noche oscura del alma. Pero falta una parte de la historia. Que yo también diosa, Cleopatra, digna heredera, me quejaba y revolvía en las trincheras de la guerra que proponías. Asesinada en las palabras de los d...
Mi mente es un lugar lleno de habitaciones. Abro una de ellas y es pequeña, está en penumbra, una persiana que se cierra demasiado y hay oscuridad. Pero puedo ver ese sillón marrón y estás recostado sobre un brazo, los ojos cerrados. Pareces dormir pero no. Tú ya estás muerto. Te has muerto así, en la quietud de una habitación oscura. Sin decidir abrir la ventana (el sonido de la persiana de mi habitación cuando te quedabas y era medio día y así sabía que te habías despertado, saldrías al salón adormilado y me dirías Buenos días y te abrazaría, oliendo el calor de tu pijama. Comenzaría el día) Pero ahora estás en esa habitación extraña que también compone mi mente. Y estás muerto. Ya no te mueves, no me miras, no dices nada. Camino sobre mis pasos y cierro la puerta. Ya lo he visto, lo que eres, cómo estás en mí (quizá por fin. Duele el porqué) y cojo una llave antigua y metálica, pesada, y decido cerrar con doble vuelta para no entrar más ahí.
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