Tú corrías a susurrarme palabras nuevas, pero eran las mismas y no te dabas cuenta. Mi oído, acostumbrado a captar aquellos matices que escapan a otros, te escuchaba desde la otra habitación, y mis labios sonreían en una mueca lateral, alzándose la ceja ante la broma. "No me cuentes..., no me digas..." Agarraba mi pelo y lo apartaba del rostro, sólo para poder ver mejor por si el oído me estaba fallando al percibir. Los sentidos engañan y también aquello que sentimos nos tiende a menudo una trampa. Sentada como flor de loto en el parquet de una casa conocida y extraña, parpadeaba ante el temor de que fueras también el mismo. Lo eras, de alguna manera, y eso era aquello que yo sabía sin saberlo apenas. Pero al alzar la cabeza tus ojos...tus ojos no eran del mismo color, ni tu piel tendría la misma textura...casi podía adivinarlo por tu imagen. "Entonces, ¿quién? y ¿por qué llamas a mi puerta?" Sin embargo los fantasmas no podían contestar, y me dejabas allí temblando y preguntando, como si en aquella casa las paredes pudieran derrumbarse de un momento a otro, como si se resintieran los muros y los tabiques que construyeron antaño. Entonces soplaba al aire y todo tu ser desaparecía evaporado. Podía levantarme al fin y recorrer cada rincón. Con los pies descalzos me aproximaba a cada trozo de mí esparcido en el ambiente, hasta llegar a aquella puerta cerrada. Decidida, dividida, confundida, a oscuras avanzaba a duras penas por ella. Su cuerpo me salió al paso en el instante en que casi tropiezo con el desorden. Me agarró por los brazos, sosteniéndome, y sentí el mareo de no poder ver aún en ese espacio diminuto y eterno. Sonaba una canción a lo lejos y con un leve movimiento me hizo aproximarme mientras hacía de mí un cuerpo que danza en la nada y lo es todo en cambio."Cuántas veces debo entrar aquí y bailar contigo. Cuántas veces más me esperas cuando me quedo a solas y confusa. Cuánto me queda de ti en esta casa. Cuánto de laberinto sin salida. Cuánto de repetición. Cuánto me queda de mí si te encuentro. Cuánto debo lamentarlo aún. Cuándo salir si aquí estoy tan cerca de morir y vivir a un mismo tiempo" Y tras la danza de dos acabé viéndome tendida en el suelo, tumbada sobre mi propio cuerpo, con la cabeza entre las manos sujetando las preguntas y las dudas infinitas. Encontrando el equilibrio de quien no puede derrumbarse, ni bajar, ni subir, ni moverse, ni partir. El fantasma sonreía ante mi espanto, y lo supe. Supe que era él y todos. Que no era yo, que no era el otro. Supe que dejar de existir era muy fácil, y que dejarle existir era mi manera de seguir existiendo un instante más, un suspiro más, una pregunta más. Sólo una pregunta más...¿me perderé si dejo que te quedes?
Vacío fértil
Dura con mi persona más cercana. En ese doble vínculo de querer y criticar. Es un peso que sé de dónde viene. Pero nada fácil de dejar. Me avergüenzo cuando entro en este juez externo. Quién me he creído, quién soy. Me enfado duramente si lo veo en otros. Me siento injustamente tratada si lo recibo yo. Qué es esto del juicio? Por qué se me viene que al final no existe en realidad ese juicio final? Moral cristiana de la que reniego y que aborrezco. Contrario a mí valor sobre el respeto, la libertad y la responsabilidad. Decir que no a esto es renunciar. A unas raíces que me sostuvieron mucho tiempo, que creía verdad. El primer juicio es para ellos,y a veces me siento muy mal si le permito entrar. No creo que todo lo hicieran mal, pero a mí me cuesta lo que no les costó a ellos esto de revisarme y cambiar. Siento el peso de la revolución como si fuera el precio a pagar por vivir en la oscuridad cómodamente. Por ser de otra generación, más consciente. Por no p...
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