El sonido de un grito

Todo parecía tan fácil que asustaba. Su voz, su forma de mirarme, sus palabras. Todo parecía tan fácil como aprender a soltar. Pero me vi ahí, desnuda, en una mañana calurosa y preguntándome. Ellos bailaban junto a mí la noche anterior, todos mis demonios paseándose por la habitación. Los saludaba bajando la mirada, uno a uno. Los ya conocidos me asediaban sin cesar y entonces estallaba el huracán en el pecho. Esa forma de sentirse sabiéndose vacía. Miraba hacia atrás y notaba que cargaba con muertos demasiado pesados. Quería gritar alto, desgarrar el dolor de alguna manera distinta al llanto. Mostrar en mis ojos la batalla interna y que alguien los mirara. Pero nadie parecía entenderme. Sólo encontré consuelo en las letras cien veces escuchadas, en el rasgar de la guitarra, en la oscuridad de la noche. El miedo siempre viene con la duda, el miedo siempre lo consigue. Eso de dejarme quieta y perpleja, indefensa ante la cosa más simple. Demasiados velatorio, noches blancas y negras. Y todo entremezclándose en mi mente. Quiero quedarme pero quiero huir. Huir lejos de aquella emoción que me hace vincularme. Poner las manos bajo mis muslos, pintarlas detrás en el dibujo, y olvidarme de vivir acompañada. Lo que deseo con más fuerza es lo que más temo a su vez. Y este lío, esta maraña, a veces...lo reconozco...puede conmigo y con lo construido. Lo derriba de un soplido y comienzo a echar de menos, a pensar en lo perdido, a quedarme un paso atrás como si la energía de mis piernas no fuera suficiente para olvidar. Se me olvida lo que aún queda pero no lo que ya fue, y estoy atrapada entonces entre muros pequeños de acero, entre paredes estrechas. Intentando respirar sin encontrar el oxígeno que abra mis pulmones de una vez al aire puro y fresco. Los anocheceres conmigo pueden ser tan distantes y fríos...todo depende de dónde esté. Y puedo estar lejos y cerca sin estar finalmente en ningún sitio más que en el sonido...el sonido de un grito.

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