Montse
Querida Montse, donde quiera que estés, estas letras van dirigidas a ti...
De alguna manera lo sabía. Había pensado en ti en esos días, sin motivo ninguno. Bueno, a menudo pensaba en ti. Te llevaba conmigo y eso me consuela ahora, saber que sigues a mi lado de alguna manera. Pero al enterarme esta mañana he sentido muchas cosas: he escuchado tu voz cansada al otro lado de la línea preguntando si yo era la psicóloga o la periodista. He sentido frustración por la cobardía de mi madre, que no devolvió la llamada a tiempo para que yo estuviera presente allí, con todos tus recuerdos en ese sábado de mayo. He seguido doblando un pantalón hasta decidir pararme porque la pena me ha invadido. Ahora se ha convertido en lágrimas que me hacen pensar en la vida, en las injusticias, en el aprendizaje y el crecimiento. De eso hablábamos, cuando tenías fuerzas para llamar. Siempre pasabamos al menos media hora conversando. No, no necesitabas un psicólogo. Tú eras fuerte. A veces más fuerte incluso de lo que yo podía sentirme en las etapas en las que sabía de ti. Y siempre llegabas a darme una lección: de humildad, de amor a la vida. Me decías que dabas gracias cada mañana por aquello que tenías. Y hoy yo quiero darle gracias al hecho de vivir. Es paradójico cómo la muerte te hace pensar en su opuesto. Yo quiero seguir tu legado, compartir libros, hablar de ellos, aprender a amar la vida tanto como tú lo hacías desde tu agonía. Eras un ejemplo para mí, una gurú, un ángel. Eras una gran persona, de las que existen pocas. Cuánto siento que te tocara pasar aquel mal trago. Tú sin embargo decías que te había ayudado incluso, que te había enseñado, que te había iniciado en una nueva etapa. Se te notaba en las palabras, en la cadencia de la voz. Pero ahora no encuentro consuelo tampoco en todo esto. Te quejarías si me estuvieras escuchando llorar. Por eso lo mejor que puedo hacer por ti es no olvidarte con el tiempo. Es no dejar de sonreír.
Me regalaste muchas cosas no materiales, que no sabría cómo agradecerte. Ahora contemplo El Principito con tu dedicatoria, y quiero decirte tantas cosas...Pero sólo me sale decirte gracias, por haber estado en mi vida, por haber llamado siempre, por haber existido y haber contagiado de tu energía a tantas personas. Seguro que si estás en algún lugar, sigues creciendo. Expandiendo tu aurea por todo el espacio que te rodea. Enseñando a otros a volar, a desplegar las alas para ser libres. Como tú lo eres ahora que ya no sufres. Te echaré de menos. Pero cuando sea feliz siempre guardaré un pensamiento para ti, un guiño desde aquí en el que pondré todo el amor que me hiciste sentir.
Descansa.
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