Háblame. No dejes de hacerlo. Aunque me calle. Respeta mis silencios. No utilices diminutivos. No me mires mucho rato. No me digas cumplidos. No te vayas. No me ilusiones. No te enamores. No me cambies. Sólo acariciame, hasta que pueda soltarme. Hasta que pueda dar rienda. No me ates. No quiero atarte. No quiero ahogarte. Me gustas tan vivo y latiente...Bésame. Pero deja que me evada un rato después. Deja que te sienta. Que te eche de menos. Verte imperfecto. Verte en la duda. Susúrrame algún día aquello del poema "mi estrategia es que un día, sin saber cómo ni cuándo, por fin, me necesites" No me invadas. Quédate. En tu espacio, el tiempo justo. Quiéreme. No dejes de hacerlo. No permitas que no pueda hacerlo. Túmbame a tu lado y abrázame el tiempo que me haga falta. Hasta que pueda dormir pensando que yo, que tú, que el que tú estés, que todo está bien. Que ya nada importa. Que no perderé. Que debo vivir. Que quiero seguir. Déjame a solas con mi maraña negra.
D.
Me gusta cuando llegas porque apareces de repente avanzando desde el fondo, como si la cosa no fuera contigo hasta llegar a la mesa donde me encuentro. Nunca se sabe, quizá incluso te espere en la calle diez minutos mientras te tomas un café caliente y lees un cómic. O puede que aparezca yo del mismo modo...Todo tú a veces te me figuras como una bonita sorpresa. Me cuesta cuando te vas. Porque significa parar de reir un rato más de esta corta vida, dejar de verte reír a ti desde la espontaneidad y una pequeña complicidad impensable. Porque te largas sin más, sin darme dos besos.Ya te vale, señorito... Lo atribuyo a tu timidez, pero pareces salir huyendo de mi coche para refugiarte en tu espacio habitual. Me cuesta decirte adiós y no saber cuándo volveré a verte. Saber que te has convertido de la noche a la mañana en alguien a quien nombro en mi interior muchas veces al día. Bienvenido.
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