Imágenes
No le conozco. Aún no sé quién es. Se sienta a mi lado, muy pegado a mí. Es entonces cuando se quita las gafas de sol y llega a mi retina esa imagen, a la que mis ojos y mi cabeza dan la vuelta una y otra vez. Sus ojos sonrientes, llenos de luz, de vida, de energía, de un color gris azulado. Sus ojos cambian tanto como yo. Y me siento abrumada en ese instante eterno, mágico, de recuerdo. Ese extraño está días después penetrando en mis pupilas sin darme cuenta, de nuevo. Se mueve en la oscuridad pero decide encender una luz al fondo y acercarse una vez más. Su pelo despeinado cayendo ligeramente hacia un lado, sus ojos (...otra vez sus ojos), su piel blanca y sonrosada en las mejillas. Qué guapo estás, digo. Porque se me estaba escapando de los labios a la misma velocidad que su imagen entraba en mí y mis millones de neuronas la procesaban, activando quizá otras muchas que aún están acotadas por mi prefrontal. Y le muerdo la piel, porque no puedo soportar que algo me pueda gustar tanto, que la belleza me haga vulnerable, que se me olvide algún día ese reflejo efímero de él. De él mirándome, de mí como en espejo en el brillo del gris azulado. Entonces tengo miedo. No tiemblo porque aprendí a controlarlo, pero todo mi cuerpo es un manojo de nervios que tiran de mí hacia arriba, hacia arriba, como si quisieran hacerme volar lejos, desplegar las alas antes de que sea demasiado tarde para poder olvidar todos esos momentos. Pero cuando vuelve es reencontrarse, con algo que creía ya perdido. Reencontrarse con todas sus imágenes, distintas, misteriosas. Con todas mis ideas, locas, inquietantes. No quiero dejar de saber qué hora es. Ni que yo era alguien antes...antes de contemplar sus ojos.
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