Yo quería hacer un esfuerzo, si es que se le puede llamar así, a dejarte entrar sin quejarme demasiado tiempo. Por eso de que dicen que uno añora lo que no tiene y le sobra lo que consiguió. Así que intentaba abrirte las puertas. Aunque lo reconozco: no es fácil permitir que otro llegue y se instale con todas sus maletas en un rincón que habías redecorado solo para ti. El espacio parece entonces más pequeño, los colores recargados, las luces chillonas. No es común en mí sentirme así, pero supongo que de todo se aprende y yo sigo con ese peso en los pies...caminando con pies de plomo por si las arenas, una vez más, son movedizas. Pero no, no se trata de ti, que puedes parecer casi perfecto entre el panorama pueril y poco auténtico. Soy más bien yo que no paro de soñar cosas extrañas, como si en mi mente a ratos fuera llegando el fin del mundo y no supiera en qué lugar colocarte. Quizá este estado de enfermedad transitoria me hace sentir vulnerable y no quiero eso. Quizá el tiempo a solas me hace pensar en todo lo anterior. Mirar fotos no es recomendable. Al verlas uno piensa que en algún momento estuvo donde quería estar y después todo se truncó, y se olvida del presente que, maravilloso o no, es lo único que tiene (si se puede decir eso) Cada vez soy menos experta en querer incondicionalmente, en construir altares para ídolos, en aprender a vibrar con cada pequeña cosa. Me siento anestesiada por este virus, paralizada de los pies a la cabeza (pestañas y muelas incluidas) y me gusta este estado de parestesia sin sentido y sin final. Pienso que si mi cuerpo se paraliza es para ahorrar energía, como un modo de defensa ante lo que siente como un ataque contra el que no puede batallar activamente. Quizá se trate solo de dejarse llevar, pero tampoco eso se me dio bien nunca. Me pregunto si el problema mantenido sigo siendo yo, y no quiero hacer eso contigo que, de momento, te presentas como uno de los pocos que lograrán entender y respetar mis absurdos estados de ir y venir constante.

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