Yo quería hacer un esfuerzo, si es que se le puede llamar así, a dejarte entrar sin quejarme demasiado tiempo. Por eso de que dicen que uno añora lo que no tiene y le sobra lo que consiguió. Así que intentaba abrirte las puertas. Aunque lo reconozco: no es fácil permitir que otro llegue y se instale con todas sus maletas en un rincón que habías redecorado solo para ti. El espacio parece entonces más pequeño, los colores recargados, las luces chillonas. No es común en mí sentirme así, pero supongo que de todo se aprende y yo sigo con ese peso en los pies...caminando con pies de plomo por si las arenas, una vez más, son movedizas. Pero no, no se trata de ti, que puedes parecer casi perfecto entre el panorama pueril y poco auténtico. Soy más bien yo que no paro de soñar cosas extrañas, como si en mi mente a ratos fuera llegando el fin del mundo y no supiera en qué lugar colocarte. Quizá este estado de enfermedad transitoria me hace sentir vulnerable y no quiero eso. Quizá el tiempo a solas me hace pensar en todo lo anterior. Mirar fotos no es recomendable. Al verlas uno piensa que en algún momento estuvo donde quería estar y después todo se truncó, y se olvida del presente que, maravilloso o no, es lo único que tiene (si se puede decir eso)
Cada vez soy menos experta en querer incondicionalmente, en construir altares para ídolos, en aprender a vibrar con cada pequeña cosa. Me siento anestesiada por este virus, paralizada de los pies a la cabeza (pestañas y muelas incluidas) y me gusta este estado de parestesia sin sentido y sin final. Pienso que si mi cuerpo se paraliza es para ahorrar energía, como un modo de defensa ante lo que siente como un ataque contra el que no puede batallar activamente. Quizá se trate solo de dejarse llevar, pero tampoco eso se me dio bien nunca.
Me pregunto si el problema mantenido sigo siendo yo, y no quiero hacer eso contigo que, de momento, te presentas como uno de los pocos que lograrán entender y respetar mis absurdos estados de ir y venir constante.
Vacío fértil
Dura con mi persona más cercana. En ese doble vínculo de querer y criticar. Es un peso que sé de dónde viene. Pero nada fácil de dejar. Me avergüenzo cuando entro en este juez externo. Quién me he creído, quién soy. Me enfado duramente si lo veo en otros. Me siento injustamente tratada si lo recibo yo. Qué es esto del juicio? Por qué se me viene que al final no existe en realidad ese juicio final? Moral cristiana de la que reniego y que aborrezco. Contrario a mí valor sobre el respeto, la libertad y la responsabilidad. Decir que no a esto es renunciar. A unas raíces que me sostuvieron mucho tiempo, que creía verdad. El primer juicio es para ellos,y a veces me siento muy mal si le permito entrar. No creo que todo lo hicieran mal, pero a mí me cuesta lo que no les costó a ellos esto de revisarme y cambiar. Siento el peso de la revolución como si fuera el precio a pagar por vivir en la oscuridad cómodamente. Por ser de otra generación, más consciente. Por no p...
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