Relato de un amor o varios

Cuando te fuiste yo sólo sabía despedirme. Despedirme llorando y con continuidad, en un largo lamento ahogado. Lloraban los días por ti, lloraba mi vida, lloraba en el metro y en cada salida me giraba para decirte adiós con la mano y que me miraras un rato más. Sólo un momento. Sentir que aún estabas a mi lado, que en realidad no te querías ir. Que me querías. Cuando te fuiste visité mil lugares vacíos, ventanas a oscuras, pisos encendidos. Te vi en cada gesto de la gente, en cada rostro enamorado. Te vi llorar también a ti, sin saber que en realidad era cierto que nos estábamos separando. Cuantos ojos más, cuánto rato. La angustia subiendo hasta mi frente, nublando mis ideas. Las manos inertes. No quedaba nada después de ti, y a la nada tuve que darle la bienvenida también. Tumbada por el paso de los años, por el peso de los labios. Tumbada en una cama fría y distante. A kilómetros de ti seguía sintiendo tu cuerpo palpitante, vibrando como un resplandor inexistente. Te esperaba cada día. Lloraba cada día. Te veía en ojos verdes, azules...en mis propios ojos grises. Te añoraba. Tanto que me quemaba la piel y el pensamiento. En llamas buscaba en mis sueños un lago al que arrojarme vestida y sin ganas de nadar. No había mayor oscuridad que la de no estar contigo. Ninguna posibilidad de encender de nuevo una llama, de ahogar la palabra. Me faltabas. Y era tan grande tu ausencia que acabé por perderme en ella, delirando tus miradas y tus gestos, delirando tus palabras de consuelo. Perdida por las calles de Madrid y por sus verdes parques. Sin poder encontrarme. Sin saber adónde ir. Sin ti el camino se estrechaba, se hacía angosto y sin final. Sin ti nada valía. Pero me quedaron tus versos, tus acordes, tu recuerdo. Y conseguí vivir con ello.

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