Camisa roja
Ya dejé la nostalgia. No se vivía muy bien en ella. Pero me ha venido tu nombre por un tercero, y tu mirada por un cuarto. Me pregunto en cuántos hoteles, con cuántas mujeres. Me pregunto por qué y cómo hubiera podido girar todo. Qué bonito, por un momento, volver a tus ojos y a tus sueños. Dejarlo en ayer. Comenzar imágenes contigo. Unas sábanas vacías que llenan una mañana, arrugadas. La imagen de ti y de mí en una habitación de hotel. Fantasmas. Una copa se resbala entre las manos y quiero desnudarme para no sentirme ahogada en el alcohol. No pudiste ser más tú ni más incógnita. No pudiste marchar sin dejar huella. Es confuso todo ahora. Quisiera y no quisiera volver a aquel cuarto de baño con tus piernas en el agua. Quisiera engañarme y hacer que después no pasó nada. Bucear en el mar y en la miel. Subirme a unos tacones negros. Esperarte sobre el colchón del suelo. Quisiera recordarte más de lo que puedo hacerlo. Pero te me vienes cuando mi boca se abre contra una pared y mi cuerpo se arquea hacia atrás, moreno por el sol, y el pelo me cae en cascadas por la espalda. Te me vienes en los edificios altos, en los paseos nocturnos, en las cervezas de más. Y sólo quiero estar enredada en tus palabras. Enredada en tu camisa roja. Como si no te hubieras ido, o como si hubieras vuelto para hacerme arder por dentro. Ya ves, querido canalla, que todavía contigo me llegan, como si fueras magia, palabras tardías que queman.
Comentarios
Publicar un comentario