Panta Rey

No sé por qué la risa de un niño me hace sentir que la vida tiene su parte feliz. Cuando me encuentro peor, en esos días de confusión, los niños me alegran el momento. Ante ellos me transformo y vuelvo a mi parte infantil, esa que guardaba la tristeza para cuando fuera mayor. Intento que todo se convierta en una fiesta, que se ilusionen con los pequeños detalles, que aprendan mediante el juego, que consigan apreciarse. Intento decirles que los adultos están para protegerlos, que serán grandes personas y que deberán luchar por ello. Intento que la fantasía se multiplique y que no agoten sus días transparentes con ninguna emoción contradictoria. Si en los cuentos aparecen brujas, prefiero saltarme esa parte porque no sufran. Lo que tenga que venir, irá llegando sin esperarlo. Así que considero un error la forma en la que ahora se acorta la infancia en pos de una moda o de un deseo de crecer. Y menudo error meterse a querer con quince años. Nadie dijo que crecer fuera fácil, y deberían avisar a cada una de las criaturas que corretean por los parques y que pelean con otros por un tobogán. Yo les diría "niño, que eso llegará más tarde. Mientras tanto, sé feliz" Pero este mundo no permite a veces ese año atemporal que a todos nos hizo falta alguna vez. Las horas pasan sin saludar, los días ruedan como una pelota que se lanza en una cuesta, imposibles de alcanzar si sales corriendo tras ellos. Ya lo decía Heráclito: todo fluye, nada permanece. Yo tan sólo quiero ser agua.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Vacío fértil

Siete esquinas,7

la varita