La mujer en la ventana

Todavía soy aquella que dice en las fiestas que tiene 23 y lo hace sonriendo, pero lo cierto es que en las fotos me noto la piel distinta, cambiada, cual serpiente que muda de casa. He ido dejando tantas escamas como espinas, para convertirme en pájaro y rosa, y cumplir aquello de "días de vino y rosas" He perdido capacidad de respirar y a veces me gusta dejar mis pulsaciones al mínimo para notar que, incluso en el peor de los casos, me mantengo con vida. Una pequeña caída y después, arriba. Aún hay días en que me asquea lo que veo a mi alrededor. Gente que viene y que va, que pasa sin ton ni son, que se pegan como lapas y te absorben sin haberlo percibido. Gente que pensará de mí que exploto mi vena paranoica o que soy mala persona, o que me hayan tomado por tonta e intenten ocultar la verdad a unos ojos que todo lo escrutan sin ninguna compasión. Precisamente porque siento dentro más que otros, mis sueños se agitan cuando menos me lo espero y me despierto angustiada por la cantidad de cosas que mi inconsciente intenta manifestar con poco éxito. O aparecen de golpe con todo su desprecio, y se hace patente mi incomprensión en una sucesión de preguntas sin respuesta, que quedan suspendidas en el aire sin mayor recorrido ni importancia. Pero resuenan después en mi cabeza, cual disco rayado. Lo bueno es que ya basta tan sólo con que algo me saque de ahí: un sonido, una risa, mi imagen en el espejo, una melodía...Y vuelvo a hacer como que no ha pasado nada en estos últimos meses. Y olvido en una parte de mi mente (en el cajón desastre que intento ordenar) las imágenes de él y de otros. Olvido los viajes, las risas, el sol sostenido mayor, las metáforas en colores, los domingos de rosa y naranja, los paseos por la nieve, el frío de noviembre, y aquella playa donde todo era posible. Recorro Madrid hasta llegar a mi rincón favorito, donde escucho cómo una mujer desesperada grita al otro lado de la puerta y todo es caos. Todo es caos en su cabeza, y me lo puedo figurar. Me pregunto entonces si valdré para aguantar la perorata, que me llamen por mi nombre con total familiaridad, que sea el último hilo pendiendo de su realidad. Pero lo cierto es que allí me siento tranquila. Huele a violeta quizá, y las paredes son blancas, las luces claras sin deslumbrar, los muebles oscuros, las voces quedas, los gestos sinceros, las palabras llenas. Es el rincón donde me pregunto qué siento, qué pienso, qué hacer. Donde todo se paraliza y entonces puedo ser, sin presiones externas ni internas, dejando que todo fluya sin más, sin asustarme. Por eso me cuesta despedirme de los años, de los viajes, de los rostros que contemplé extasiada alguna vez. Me cuesta despedirme de ese espacio, de las paredes blancas, de mi ventana al mar.

Y prefiero despedirme, si hay que hacerlo, con un simple "hasta luego"

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